El eco del código
Transcripción
La luz del pasillo de la centralita parpadea a las dos de la madrugada. El silencio es pesado, roto solo por el zumbido bajo de los servidores y el frío que se cuela por las ventanas mal selladas. Marisol no está en su puesto. Nunca estuvo.
Necesito escuchar esa llamada. La del martes por la noche. Don Emilio, por favor, solo esa.
Marisol, ya hablamos de esto. El registro está sellado. No hay nada que escuchar, solo números en una hoja que ya archivamos.
No es un número, es mi voz. Se nota mi voz atendiendo a gente que yo no atendí. Me están robando el tiempo y quieren que me calle.
Siéntese. Por favor. No levante la voz, aquí no hace falta gritar para que le escuchen. Vaya a su escritorio, pero sin escándalos.
No voy a gritar. Solo quiero saber quién puso mi nombre en esa línea cuando yo estaba en casa, durmiendo o mirando la televisión. Eso es todo.
Déjala, Emilio. Si quiere escucharla, que la escuche. Yo ya la oí ayer por la tarde y me dio escalofríos. No suena mal, suena vacío.
Yesenia, no intervengas. Esto es asunto de la empresa y de Marisol. Marisol, si insiste, tendrá que firmar un permiso de acceso a datos sensibles. Es el reglamento.
Firmo lo que haga falta. Tengo nueve años aquí, Emilio. Conozco el reglamento mejor que usted. Déme la grabación o salgo ahora mismo y voy a recursos humanos.
No amenace. No es necesario. Espera aquí. Voy a buscar la copia del archivo. No la muevas de tu sitio mientras estoy fuera.
Don Emilio se retira hacia su oficina, cerrando la puerta con un clic seco que resuena en la sala vacía. Marisol se queda inmóvil, mirando el teléfono inerte sobre su mesa. Yesenia la observa desde dos puestos más abajo, sin mover los ojos de la pantalla.
Te lo dije. No es una sustitución normal. Las personas se equivocan, tararean, respiran fuerte. Eso que escuché no respiraba. Era como agua corriente.
Eso no es mi voz. Suena parecido, sí, pero no tengo esa entonación plana. Yo tengo miedo, tengo prisa, tengo cansancio. Eso no tiene nada de eso.
Exacto. Y lo peor no es cómo suena, sino lo que dice. Contestó a una pregunta técnica que ni yo sabía resolver. Nadie la sabe, Marisol.
Aquí está. He pasado la copia al reproductor antiguo. Es más claro. Escucha con atención, mija, pero no saques conclusiones precipitadas.
Reproduce. No necesito que me expliques qué escuchar, solo necesito oírlo. Ponlo en alto, que Yesenia también lo oiga.
El aparato emite un pitido agudo y corta el silencio. La voz que sale de los altavoces es idéntica a la de Marisol, pero sin las pausas, sin el tic, sin la vida. Es una impecable copia de sí misma.
Gracias por llamar a Grupo Alvear. Mi nombre es Marisol. En qué puedo asistirle hoy con su solicitud de servicio?
Es mi voz. Lo juro. Pero no soy yo. Miren la cara de Don Emilio, se ha puesto pálido. Eso sale de una máquina, no de mí.
Es una herramienta nueva. Un ensayo interno. No se alarme, Marisol. Es solo una prueba de eficiencia para reducir la espera.
El código de acceso para la actualización del servicio es cuatro, nueve, uno, siete. Confirme si desea proceder con el cambio de tarifa.
¿Qué ha dicho? Ese código no existe en el manual. Yo no sé ese número. Repítalo, por favor, no me oí bien la primera vez.
El código es cuatro, nueve, uno, siete. Si tiene dudas, contacte a su supervisor. Su código personal es el mismo que su fecha de ingreso invertida.
Ese es el código de Don Emilio. El que usa para entrar a su escritorio y borrar los errores. Solo él lo sabe.
Emilio. Esa máquina tiene su clave. ¿Quién le dio acceso a su información personal? ¿Quién le dio acceso a mi vida?
No sabe de qué habla. Es un error de programación. Apague eso ahora mismo. No quiero que nadie más lo oiga.
No lo voy a apagar. Quiero saber cuántas claves tiene guardadas esa voz. ¿La mía? ¿La de Yesenia? ¿O la de todos?
La voz se detiene de golpe, pero el silencio que queda es más ruidoso que el aparato. Marisol mira el teléfono y luego a Don Emilio, quien retrocede un paso sin decir palabra.
Mañana, en La Radia Novela. La voz sintética recita el código de seguridad personal de Don Emilio, demostrando que la empresa ha violado la privacidad de sus propios jefes para entrenar al sistema.