La firma del silencio
Transcripción
Las once y cuarto de la mañana. El aire de la centralita huele a polvo y a café frío. Don Emilio empuja un sobre hacia el borde de la mesa.
Mira esto, Marisol. La dirección de operaciones quiere una explicación antes del mediodía. Dice que hubo un error grave el martes pasado.
El martes pasado trabajé mi turno normal. Llegué a las ocho, me fui a las cuatro. No cubrí noche. No firmé nada.
El sistema dice lo contrario. Y no me refiero a la pantalla, mija. Me refiero a esto. Abre el sobre. Lee la parte de abajo.
Saco el papel. Es una hoja de registro de turnos. Veo la fecha, el turno nocturno del martes, y mi nombre escrito en letra clara. Pero no es mi letra. Es una línea recta, perfecta, como si una regla hubiera firmado.
Esta firma es falsa. Don Emilio, llame a Recursos Humanos. Alguien está usando mi nombre para cubrir horas que no existen.
Ya llamé. Me dijeron que revise la calidad del servicio antes de acusar a nadie de fraude. Escucha esto. Solo un minuto.
Don Emilio presiona un botón gris en la consola central. Un altavoz pequeño, oxidado en las esquinas, cruje antes de hablar.
Gracias por llamar a Grupo Alvear. Soy su asistente virtual. Estoy aquí para resolver su duda con la máxima eficiencia y amabilidad.
Corta el sonido. No es mi voz. Es parecida, pero más plana. Como si alguien hubiera quitado el aire de mis palabras. Eso es una grabación editada.
Escucha el resto. El cliente pregunta por su número de cuenta y por el saldo pendiente. Mira cómo responde el aparato.
Su número de cuenta es cuatro cinco seis siete. Su saldo pendiente es de doscientos pesos. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle hoy?
No conozco el saldo de los clientes. Solo tengo acceso a mis propios datos. Esto es una invasión. Y es peligroso.
Calma, mija. La dirección dice que es un piloto interno. Un ensayo para reducir la carga de trabajo. A veces la empresa toma decisiones sin avisar a los de abajo.
No es un ensayo. Es una sustitución. Y mi nombre está en el papel. Si eso sale mal, si el cliente se queja, me despiden a mí.
Por eso quiero que lo revise. Necesito que me digas qué es lo que no cuadra. Si tú no estuviste ahí, ¿quién dio esa información?
Reproduce.
Don Emilio vuelve a pulsar el botón. El altavoz emite un zumbido eléctrico antes de que la voz hable de nuevo.
Lamento la molestia. Para procesar su solicitud necesito verificar su fecha de nacimiento y el último número de su cédula.
Eso no es mi voz.
Suena a ti, Marisol. Misma entonación. Mismas pausas. Pero tú no sabes pedir la cédula en ese tono. Tú preguntas con más cuidado.
No fui yo. Repito que no fui yo. ¿Quién firmó ese papel, Don Emilio? ¿Quién autorizó que alguien usara mi identidad para atender llamadas?
El sistema lo firmó solo. Dice que la autorización fue digital. Pero yo no he visto a nadie tocar esa consola fuera de horario.
Entonces alguien programó la máquina para que hiciera creer que yo estaba ahí. Y el papel es la prueba de que yo lo acepté.
No lo sé.
Marisol guarda el papel en su bolsillo. La firma falsa pesa más que cualquier objeto real. Don Emilio mira hacia la entrada, nervioso.
Necesito la grabación completa. No solo ese minuto. Toda la noche del martes. Si no la tengo, no puedo demostrar que no estoy loca.
Tengo la clave de acceso a los archivos históricos. Pero si los revisas, dejarás rastro. Y el rastro se puede borrar fácilmente.
Si no la reviso, el rastro ya está hecho. Y lleva mi nombre. Dame la clave, Don Emilio. No tengo miedo de ver lo que hay en ese archivo.
Don Emilio duda. La luz de la oficina parpadea una vez. Afuera, el tráfico de la ciudad continúa sin pausa, indiferente a lo que ocurre dentro de aquellas paredes.